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COSTA RICA: La maldita palabra “Normal”

Arranquemos este 2015 con una emboscada feroz a la maldita palabra normal. Ataquémosla y mutilémosla. Luego, a rehabilitación!: esculpamos a su textura y sustancia una silueta nueva, mejor.

Por Jose Aguilar Berrocal

Asegura la Real Academia Española que Normal es (i) Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural, (ii) Que sirve de norma o regla, ó, (iii) Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

Cuando decretamos a cualquier situación, de cualquier área de nuestra existencia individual o social, la categoría de normal, usualmente actuamos ante ella sin sensación de urgencia, sin sobresaltos. Tibia naturalidad, amnesia. INDIFERENCIA.

Existen demasiados casos de injusticias y sufrimiento que no deberían jamás interpretarse y tratarse como si fuesen normales. No lo son! Sin embargo permanecen indefinidamente ignorados por nosotros. Me pregunto si es que no lo vemos?, o es que hemos llegado al punto de indiferencia colectiva en el cual dejamos de sentirnos interpelados por el dolor del otro?

La Carpio es un de esos casos. Esta comunidad, habitada en su mayoría por gente valiente que debe hacerle frete a su cotidianidad con espíritu de acero, languidece en nuestras narices atiborrada de calamidades, carencias y heridas sin cicatrizar. Miles de personas operan cada día de cada semana, en medio de las injusticias y exclusiones más inaceptables. Y está a 5 minutos de Rohrmoser…

Hace 2 años inicié junto a un grupo de amigos y colegas una pequeña empresa social en la cual conocí a Jose, El Perrito, como le llaman en su barrio.

Jose forma parte de una numerosa familia que vive (como la mayoría de familias ahí), en condiciones muy adversas. Había abandonado el estudio, no por “vago” o “falta de deseo de superación” como suelen decretar con ligereza nuestros prejuicios. En la Escuela Finca La Caja de Carpio, ante la tsunámika cantidad de estudiantes que deben atender, y la insuficiencia de espacio en sus famélicas instalaciones, han distribuido la jornada escolar en 3 turnos de más o menos 3 horas por turno. Ni él, ni sus padres consideraban que estaba aprendiendo lo suficiente para justificar el significativo esfuerzo económico que su estudio le implicaba a las erosionadas finanzas familiares. Adicionalmente, como si ello fuese poca cosa, cuando le tocaba asistir a clases en el turno de la tarde, con regularidad lo asaltaban en su camino de regreso… Me pregunto quiénes de nosotros habríamos continuado asistiendo a clases en tal situación??

Esa aplastante mezcla de circunstancias no son, del todo, exclusivas de Jose. Aún hoy, esa es la descripción del proceso educativo de todos los chicos de este barrio que intentan estudiar y cultivarse.

Cuando iniciamos el proceso, logramos una alianza con una asociación religiosa ubicada por “la terminal” (sección posterior de la comunidad) en la cual podría iniciar su estudio con tutorías y apoyo personalizado, en un programa alternativo que faculta el MEP. Ante la oportunidad, tanto Jose como sus padres, aceptaron sin dilaciones y se matriculó de inmediato.

Trágicamente, luego de un mes, nuevamente debió abandonar las aulas. Camino a clases lo asaltaban sistemáticamente. Este jovencito que trataba de superarse y estudiar, ante la realidad en que debe vivir, veía colapsar su camino.

Increíblemente, no tiró la toalla. Nos comentó que no quería quedarse en casa sin hacer nada, o dejando evaporar su vida en la calle, desembocadura común para tantos ríos jóvenes, cuyos torrentes bien podrían hacer germinar deltas de todo tipo si tan solo hubiesen cauces más nobles que se los permitiesen… Mediante el contacto de algún familiar, logró obtener un empleo como asistente en una panadería ubicada en Tres Ríos, a 4 buses ó 2 horas (de ida y 2 de vuelta!) de distancia. Confieso que me conmovió ver el esfuerzo feroz de este chico. Se levantaba militarmente a las 4:30am, ayudaba preparando desayuno en casa, se alistaba, y emigraba hacia el otro hemisferio de la ciudad. 8 o 9 horas después: de regreso en su iteración de buses, presas, lluvia y una frustración inexplicablemente bien manejada (al menos eso me parecía). Como es de suponer, el capital mensual que logra acumular luego de pases, almuerzos y alguna tentación a la que sucumbía (una Coca y sus Picaritas, como me confesó en alguna ocasión), es casi digno de un microscopio.

Así como lo hace Jose, en comunidades encalladas a un pixel de cualquier punto cardinal de nuestras confortables cotidianidades, miles de prójimos deben batallar frente una oceánica variedad de problemas que hemos sabido cómo desatender e ignorar del modo más científicamente eficaz. Y no tienen más opción que intentar e intentar sin quejarse, lograr sobreponer su voluntad al muro de trabas que les separan de la elusiva prosperidad que ven tan cerca de sí, pero nunca alcanzan.

Eso NO es “normal.” La desigualdad de oportunidades, cuando posee semejante musculatura, es, quizás, la mejor foto en el diccionario para ilustrar lo Anormal! Por tanto, habría que decretarle a su silueta, nuestro pecho y brazos, y usar ambos con frenética urgencia y determinación. Tal cómo haríamos si fuesen nuestros hijos, padres o amigos quiénes fuesen el objeto de semejante exclusión y olvido. Tal cómo esperaríamos de ellos, y de todos, si fuésemos nosotros los marginados.

Por suerte hay signos que denotan la existencia de oídos fértiles, y sensibilidades que dan acuse de recibo. El Gobierno anunció su meta de remodelar la escuela, construir un colegio y habilitar algunos espacios públicos. ONG’s con el apoyo de algunas empresas trabajan para ofrecer estímulos y apoyo a jóvenes y familias, lo cual es muy positivo. El problema es que dichos ejemplos son, con frecuencia, pequeñas e insuficientes excepciones. La implacable tendencia en éste, y en centenares de casos similares, desafortunadamente me parece que es la cómplice inacción, que sepulta anhelos y aspiraciones bajo el talud de negación de las más esenciales condiciones, que un ciudadano dentro de una democracia que se precie de tal categoría, debería recibir.

Construir una sociedad en la cual no consideramos “Normal” la desigualdad de oportunidades, y actuamos con determinación para eliminar la exclusión social, no sólo es urgente y posible, sino que es beneficioso en todos los ángulos que un proceso social puede abarcar. Se fortalece la cohesión social, incrementa el respeto por el contrato social, mejoran las capacidades de la población, con su consecuente efecto en sectores de la economía intensivos en personal capacitado, disminuye la delincuencia y sus hiperbólicos costos asociados, entre muchos otros efectos.

Estamos iniciando el 2015. Tenemos chance. Mandemos al carajo la indiferencia y hagamos de la palabra Normal, un verbo que valga la pena. Hay muchas formas. Espero poder pronto comentar algunas.

http://www.crhoy.com/opinion-la-maldita-palabra-normal/

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Fecha: 9 de febrero de 2015 a las 12:54

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